OPINIÓN

Tal vez, de haber sido las cosas distintas, Silvia Pinal habría podido perseverar en la dimensión mítica a la que parecía destinada

Silvia

NEGRO Y CARGADO / José Israel Carranza EN MURAL

5 MIN 00 SEG

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"Tan natural, tan fresca, sin maquillaje alguno", escribió Salvador Novo el 24 de noviembre de 1956 en la crónica donde dio cuenta de la recepción organizada por Silvia Pinal en su casa para mostrar el retrato que le hizo Diego Rivera. "Cuando llegué", apuntó Novo antes, "Diego y el Indio Fernández contemplaban el retrato, y se disponían a colocarlo donde se viera mejor". Ya que Diego hubo decidido el lugar, en la planta alta, "Silvia bajó a invitarnos a subir al salón. Es monísima y muy simpática". Según contó la propia actriz en su autobiografía Esta soy yo, mientras posaba para el pintor estaba preocupada del dineral que iba a costarle el cuadro, pero para su sorpresa terminó siendo un regalo por el día de su santo. "Una triple Silvia", describe Novo, "de frente al público, pero de espaldas a un espejo que refleja su figura, y junto a una pared que proyecta su sombra. En el suelo, un papelito donde se lee más o menos: se acabó este retrato el 3 de noviembre, santo de la bella artista y gran dama Silvia Pinal. Lo pintó con admiración Diego Rivera".