Cuando los carros interrumpían el juego, reclamábamos a sus conductores el no respetar el milagro vespertino por el que aquella vía asfaltada se convertía en cancha de futbol, de "escondidas", "bote pateado", "quemados" o cualquier ocurrencia. En los 70 los niños éramos libres en la calle, como ciervos a campo abierto.