Si México es un lugar seguro para los asesinos, lo es aún más para los plagiarios. Y lo mismo que se ha dicho sobre el peligro que corren quienes investigan o denuncian un homicidio puede decirse de quienes muestran o denuncian un plagio. En el paraíso de la impunidad lo que es peligroso es denunciar un delito, no cometerlo. Más vale callar, voltear la cabeza, cambiar la conversación. Asumir que castigar el abuso en México es labor imposible. ¿Por qué perder el tiempo exhibiendo al tramposo si la denuncia no servirá para nada? ¿Por qué seguir creyendo que el estafador recibirá el rechazo colectivo cuando se conozca su falta? ¿Por qué correr el riesgo de enemistarse con un poderoso, si ya sabemos que terminará limpiando su estafa?
Estudió Derecho en la UNAM y Ciencia Política en la Universidad de Columbia. Es profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Ha publicado El antiguo régimen y la transición en México y La idiotez de lo perfecto. De sus columnas en la sección cultural de Reforma han aparecido dos cuadernos de Andar y ver.